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Los libros se regalan, pero los ladrillos no

Los libros se pueden donar, pero ¿qué ocurre cuando la donación se convierte en la forma habitual de abastecer una biblioteca? Detrás de cada libro hay trabajo y un costo. El acceso al conocimiento requiere solidaridad, pero también presupuesto y política pública.
Los libros se regalan, pero los ladrillos no
Photo by Thought Catalog / Unsplash
Access to knowledge is the superb, the supreme act of truly great civilizations.
Toni Morrison*

Cada cierto tiempo, como editora universitaria, recibo solicitudes de donación de libros para instituciones, en su mayoría públicas. Algunas necesitan actualizar el catálogo de su biblioteca, otras inauguran espacios de lectura o solicitan ejemplares para regalar por una campaña en particular. Estas peticiones suelen ser genuinas y el fin siempre es una buena causa; por ello, es muy complejo y difícil negarse ante estas iniciativas.

En estos escenarios, la pregunta que me persigue siempre es la misma: ¿Cómo decir que no cuando se trata de acercar un libro —sean académicos, de ficción, de poesía o de cualquier tipo— a alguien que probablemente no tenga otra posibilidad de acceder a él? Después de responder a estas solicitudes, creo que el problema es que, como sociedad, aceptamos como "normal" que ese producto cultural llamado libro se consiga gratis porque su fin principal es brindar conocimiento.

¿Alguna vez han escuchado de alguna campaña institucional que tenga como lema Necesitamos ladrillos para nuestra biblioteca? Yo no. ¿Será acaso que el Estado también le pide a una empresa que le done computadoras, mobiliario, sistemas de seguridad, sistemas de gestión de inventario, entre otros servicios, solo porque se trata de una biblioteca?

Todo lo que se necesita para implementar y hacer funcionar una biblioteca tiene un costo y forma parte de una inversión que se debe planificar y que el Estado debe cubrir por derecho. Pero resulta por lo menos curioso que cuando se piensa en libros algo en esta lógica de inversión cambia; es decir, el contenido pierde su condición de bien que debe ser presupuestado, a pesar de que existe la Ley 31053, ley que reconoce y fomenta el derecho a la lectura y promueve el libro, que establece como objetivo: "h) Dotar de los recursos financieros y técnicos que aseguren el normal desenvolvimiento de las bibliotecas populares, públicas, escolares y universitarias públicas, así como el incremento y la actualización constante de sus existencias" (1).

En el papel todo queda muy bien, pero en la práctica parece que se debe esperar de la buena voluntad. En este contexto, además, hay que tener en cuenta la dimensión tributaria. La legislación peruana contempla, bajo ciertas condiciones, beneficios fiscales para ciertas donaciones según la Ley del Impuesto a la Renta. Esto por sí mismo no es malo, pero se vuelve cuestionable cuando se promueve que la empresa privada financie, mediante donaciones, lo que es obligación del Estado.

La Biblioteca Nacional del Perú, durante los últimos años, ha hecho un trabajo destacable: ha inaugurado 40 bibliotecas nuevas y ha distribuido 35 677 libros (2), pero las preguntas incómodas empiezan a llegar a mi mente: ¿Qué pasa después de las inauguraciones? ¿El presupuesto anual destinado para la compra es consistente, cubre a todo el territorio o sigue siendo limitado? Algo que no debemos olvidar es que una biblioteca es un sistema, un conjunto de llaves, que nos dan acceso al conocimiento.

¿Será que es más fácil tomarse una foto cortando una cinta al inaugurar un edificio nuevo que mostrar las colecciones creadas y renovadas en el sistema de la biblioteca? Puede que los libros sean menos fotogénicos que los ladrillos, pero eso no los hace invisibles ni gratis. Detrás de cada libro hay un proceso de producción y una cadena de trabajo.

Hace algunos años leí una frase de la editorial de la Universidad de Guadalajara que versa: "Hacemos libros, no magia"; y, efectivamente, no hay magos y magas detrás de este trabajo. Antes de que un libro llegue a una biblioteca o una librería —impreso, digital o audio—, ha pasado por un proceso de trabajo: desde quien lo escribe, lo edita, lo corrige, lo diseña, lo maqueta, lo imprime, lo distribuye, —lo traduce, lo ilustra y quien sea que intervenga—. Hay horas de trabajo, decisiones editoriales y presupuestos en juego. Por eso, cuando una institución solicita una donación de libros parece que está pidiendo que se le entregue un producto que siempre ha existido y, muchas veces, es totalmente desconocido el trabajo que hay detrás de ese ejemplar. La gratuidad o la donación no significa que no exista un costo. 

No estoy en contra de que las editoriales —en especial las universitarias— donen libros, es más creo que hacerlo es una forma valiosa de contribuir con la sociedad. Ahora bien, el problema aparece cuando lo que debe ser excepcional se convierte en una carta anual para reabastecer una biblioteca. Esto deja de ser una iniciativa de responsabilidad social, y visibiliza la ausencia o poco alcance de una política pública o la nula gestión de inversión del presupuesto de una entidad, ya sea pública o privada. Hay iniciativas increíbles, por ejemplo, las bibliotecas de los hospitales, espacios donde un paciente que está internado — y que no deja de tener el derecho a la lectura— tiene donde leer o un estudiante o personal de las ciencias de la salud recurre porque necesita consultar un título. ¿Quién debe financiar estas bibliotecas? ¿Son necesariamente públicas por estar dentro de un hospital público? Sigo con las preguntas.

El acceso al conocimiento no debe depender de la buena voluntad de quienes lo producen, sino de un sistema sano que invierte y reconoce el trabajo que se realiza para que exista; asimismo, de los funcionarios y funcionarias que garantizan que esto suceda.

Una donación puede aparentemente resolver un problema de una manera sencilla, pero puede volverse en un círculo vicioso sin buenos resultados. No se trata de no ser solidarios, sino de no justificar la precariedad. Por esa razón, cada vez que recibo una carta de donación, no me debato entre si procede o no la donación, sino qué falla en el sistema para que una institución pública tenga una biblioteca, pero no el presupuesto para que funcione con normalidad. Tanto la infraestructura como el contenido es importante, se necesitan ambas cosas, pero es imprescindible que se garantice el acceso al conocimiento, porque finalmente los libros se pueden regalar, pero no debemos regalar la responsabilidad de seguir construyendo una política cultural.


*The New York Public Library. (2022, 14 de septiembre). Truth & trouble: Toni Morrison’s advocacy against censorship. New York Public Library. Disponible en: https://www.nypl.org/blog/2022/09/14/truth-trouble-toni-morrisons-advocacy-against-censorship

(1) Congreso de la República del Perú. (2020, 15 de octubre). Ley N.º 31053, Ley que reconoce y fomenta el derecho a la lectura y promueve el libro. Diario Oficial El Peruano.

(2) Biblioteca Nacional del Perú. (2025, 2 de julio). La Biblioteca Nacional del Perú cumple meta histórica: implementó 40 nuevas bibliotecas públicas municipales en 15 regiones del país. Biblioteca Nacional del Perú.


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